Solo he visto una vez en persona a Mario
Vargas Llosa. En junio de 1989, en mi primer día de prácticas en Diario
16, me enviaron a cubrir un curso de verano de El Escorial en el que intervenía el ya por entonces célebre escritor peruano. Recién llegado a Madrid, solo llevaba 5.000
pesetas en la cartera y no tenía ni idea de dónde estaba El
Escorial. Ignacio Amestoy, subdirector del periódico, me explicó lo lejos que
quedaba y, mientras me conminaba a salir corriendo, me prestó otras 5.000 pesetas para el taxi de
vuelta.
Vargas Llosa me pareció tan encantador, educado y gran
conversador como había leído que era. Como escritor, aunque aún faltaban más de 20 años para que
recibiera el Premio Nobel, había hecho para entonces méritos sobrados que justificaran el galardón. Parecía ya el genio aplicado del Boom que pasaba por ser, en
contraposición con la brillantez
más efectista de
Gabo, y aún guardaba en el
tintero maravillas como 'Lituma en los Andes', 'Los cuadernos de don Rigoberto'
y, acaso su obra cumbre, 'La fiesta del Chivo'.
Tras el Nobel, Vargas Llosa ha retornado con
una novela, 'El héroe discreto', que
quizá carece de la
fuerza narrativa de sus obras mayores pero muestra en todo su esplendor a un
escritor en el dominio pleno de su oficio, que hace del lector lo que se le
antoja, poseedor de un estilo fresco, sencillo y riquísimo al mismo tiempo, capaz de concentrar seis adjetivos sin
resultar cargante, dominador absoluto del diálogo, las conversaciones entrelazadas y el estilo indirecto
libre... En fin, un novelista haciendo alarde de su maestría.
La peripecia de Felícito Yanaqué, el hombrecillo que regenta una empresa de transportes en Piura y
se niega a pagar sobornos por la protección de sus autobuses, y la del limeño Ismael Carrera, boyante hombre de negocios dispuesto a todo para
que no le hereden sus hijos, recuerda a la de otros grandes personajes de
novela. Salvando todas las distancias, los héroes discretos de Vargas Llosa están emparentados con el Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist, que
no puede tolerar la injusticia cometida con sus caballos por el noble Wenzel
von Tronka y acaba reclutando un ejército de desesperados con tal de resarcirse de la afrenta.
E. L. Doctorow nos dio a conocer en 1975 a
otro héroe inquebrantable,
Coalhouse Walker, el joven negro de 'Ragtime' que no puede admitir que una
brigada de bomberos voluntarios quiera cobrarle un peaje por circular por su
calle y le destroce el coche. "Necesitamos dinero para un camión -le dice el jefe-. De ese modo podremos
llegar a los incendios igual que usted llega en automóvil a los burdeles". Coalhouse será capaz de todo, literalmente, hasta lograr una reparación de su ofensa.
Felícito Yanaqué y Ismael Carrera
no llegan a semejantes extremos. Ni son justicieros ni son capaces de cometer
una tropelía con tal de
obtener su objetivo, neuróticamente
sobrevalorado, pero sí están dispuestos a sufrir todas las
consecuencias que se derivan de su negativa a ceder. Son 'únicamente' hombres de una pieza a quienes
su conciencia les veda los atajos, las componendas, las miradas hacia otro
lado. Cuánto más tranquilo viviría Yanaqué si aceptara pagar una pequeña parte de sus beneficios a los mafiosos que le ofrecen su
'protección', solo que no
puede dejar de escuchar la frase que, como única herencia después de una vida entera de trabajo de sol a sol, le dejó su padre: "Nunca te dejes pisotear
por nadie".
Igualmente íntegro, Ismael Carrera tampoco puede olvidar que, mientras
convalecía supuestamente
inconsciente en un hospital, oyó a sus dos hijos, Miki y Escobita, desear el pronto deceso de su
progenitor y hacer planes con el dinero de la herencia. Sería más cómodo para él hacer como que no escuchó nada, pensar que lo suyo eran delirios
de enfermo y convencerse de que los niños no son dos arpías sino apenas unas criaturas malcriadas y demasiado amigas de
farras y timbas, pero sencillamente no quiere o no puede engañarse.
En 'El héroe discreto', Vargas Llosa convoca a algunos personajes de
anteriores novelas. El sargento Lituma secunda al capitán Silva en sus pesquisas sobre los
verdaderos extorsionadores de Felícito Yanaqué. Don Rigoberto y
doña Lucrecia desempeñan un papel importante en la trama y
padecen lo suyo a cuenta de los devaneos de su hijo Fonchito con un misterioso
personaje llamado Edilberto Torres. El capítulo IV, donde el matrimonio que conocimos en 1997 imagina cómo conquistó su sirvienta Armida a don Ismael, es un delicioso tratado de
seducción amorosa y merece
un espacio entre la mejor y más refinada
literatura erótica.
Cuando conocí a Mario Vargas Llosa en la prehistoria, como quien dice, el
hombre del verbo prodigioso nos había encandilado con 'La ciudad y los perros', epatado con 'La casa
verde', fascinado con 'Conversación en La Catedral' y divertido con 'Pantaleón y las visitadoras'. Nos quedaba
entonces conocer a Lituma, don Rigoberto, las recreaciones del dictador
Trujillo y del pintor Gaughin, las travesuras de la niña mala y la tortuosa existencia de Roger
Casement en 'El sueño del celta'.
Ahora, casi 25 años después, Vargas nos regala este monumento a la
integridad y la resistencia callada e insobornable de dos figuras que ya
habitan la extensa galería de personajes del
premio Nobel peruano.
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