domingo, 3 de noviembre de 2013

UN ESCRITOR EN EL ESPLENDOR DE SU GENIO

El héroe discreto

Mario Vargas Llosa

Alfaguara, 392 páginas

19,50 euros. Ebook: 9,99 euros


Solo he visto una vez en persona a Mario Vargas Llosa. En junio de 1989, en mi primer día de prácticas en Diario 16, me enviaron a cubrir un curso de verano de El Escorial en el que intervenía el ya por entonces célebre escritor peruano. Recién llegado a Madrid, solo llevaba 5.000 pesetas en la cartera y no tenía ni idea de dónde estaba El Escorial. Ignacio Amestoy, subdirector del periódico, me explicó lo lejos que quedaba y, mientras me conminaba a salir corriendo, me prestó otras 5.000 pesetas para el taxi de vuelta.

Vargas Llosa me pareció tan encantador, educado y gran conversador como había leído que era. Como escritor, aunque aún faltaban más de 20 años para que recibiera el Premio Nobel, había hecho para entonces méritos sobrados que justificaran el galardón. Parecía ya el genio aplicado del Boom que pasaba por ser, en contraposición con la brillantez más efectista de Gabo, y aún guardaba en el tintero maravillas como 'Lituma en los Andes', 'Los cuadernos de don Rigoberto' y, acaso su obra cumbre, 'La fiesta del Chivo'.

Tras el Nobel, Vargas Llosa ha retornado con una novela, 'El héroe discreto', que quizá carece de la fuerza narrativa de sus obras mayores pero muestra en todo su esplendor a un escritor en el dominio pleno de su oficio, que hace del lector lo que se le antoja, poseedor de un estilo fresco, sencillo y riquísimo al mismo tiempo, capaz de concentrar seis adjetivos sin resultar cargante, dominador absoluto del diálogo, las conversaciones entrelazadas y el estilo indirecto libre... En fin, un novelista haciendo alarde de su maestría.

La peripecia de Felícito Yanaqué, el hombrecillo que regenta una empresa de transportes en Piura y se niega a pagar sobornos por la protección de sus autobuses, y la del limeño Ismael Carrera, boyante hombre de negocios dispuesto a todo para que no le hereden sus hijos, recuerda a la de otros grandes personajes de novela. Salvando todas las distancias, los héroes discretos de Vargas Llosa están emparentados con el Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist, que no puede tolerar la injusticia cometida con sus caballos por el noble Wenzel von Tronka y acaba reclutando un ejército de desesperados con tal de resarcirse de la afrenta.

E. L. Doctorow nos dio a conocer en 1975 a otro héroe inquebrantable, Coalhouse Walker, el joven negro de 'Ragtime' que no puede admitir que una brigada de bomberos voluntarios quiera cobrarle un peaje por circular por su calle y le destroce el coche. "Necesitamos dinero para un camión -le dice el jefe-. De ese modo podremos llegar a los incendios igual que usted llega en automóvil a los burdeles". Coalhouse será capaz de todo, literalmente, hasta lograr una reparación de su ofensa.

Felícito Yanaqué y Ismael Carrera no llegan a semejantes extremos. Ni son justicieros ni son capaces de cometer una tropelía con tal de obtener su objetivo, neuróticamente sobrevalorado, pero sí están dispuestos a sufrir todas las consecuencias que se derivan de su negativa a ceder. Son 'únicamente' hombres de una pieza a quienes su conciencia les veda los atajos, las componendas, las miradas hacia otro lado. Cuánto más tranquilo viviría Yanaqué si aceptara pagar una pequeña parte de sus beneficios a los mafiosos que le ofrecen su 'protección', solo que no puede dejar de escuchar la frase que, como única herencia después de una vida entera de trabajo de sol a sol, le dejó su padre: "Nunca te dejes pisotear por nadie".

Igualmente íntegro, Ismael Carrera tampoco puede olvidar que, mientras convalecía supuestamente inconsciente en un hospital, oyó a sus dos hijos, Miki y Escobita, desear el pronto deceso de su progenitor y hacer planes con el dinero de la herencia. Sería más cómodo para él hacer como que no escuchó nada, pensar que lo suyo eran delirios de enfermo y convencerse de que los niños no son dos arpías sino apenas unas criaturas malcriadas y demasiado amigas de farras y timbas, pero sencillamente no quiere o no puede engañarse.

En 'El héroe discreto', Vargas Llosa convoca a algunos personajes de anteriores novelas. El sargento Lituma secunda al capitán Silva en sus pesquisas sobre los verdaderos extorsionadores de Felícito Yanaqué. Don Rigoberto y doña Lucrecia desempeñan un papel importante en la trama y padecen lo suyo a cuenta de los devaneos de su hijo Fonchito con un misterioso personaje llamado Edilberto Torres. El capítulo IV, donde el matrimonio que conocimos en 1997 imagina cómo conquistó su sirvienta Armida a don Ismael, es un delicioso tratado de seducción amorosa y merece un espacio entre la mejor y más refinada literatura erótica.

Cuando conocí a Mario Vargas Llosa en la prehistoria, como quien dice, el hombre del verbo prodigioso nos había encandilado con 'La ciudad y los perros', epatado con 'La casa verde', fascinado con 'Conversación en La Catedral' y divertido con 'Pantaleón y las visitadoras'. Nos quedaba entonces conocer a Lituma, don Rigoberto, las recreaciones del dictador Trujillo y del pintor Gaughin, las travesuras de la niña mala y la tortuosa existencia de Roger Casement en 'El sueño del celta'. Ahora, casi 25 años después, Vargas nos regala este monumento a la integridad y la resistencia callada e insobornable de dos figuras que ya habitan la extensa galería de personajes del premio Nobel peruano.